El último regalo.
«Día: 25 de
diciembre de 2029. Hora: 13:30. Temperatura: 33º. Localización: algún lugar de
Lugo (puede que en la sierra de Ancares). Estaba a punto de terminar el
reparto, pero he tenido que efectuar un aterrizaje forzoso. El GPS no va, y el
intercomunicador, por lo que se ve, tampoco. Me duelen las lumbares. Llevo
horas intentando arreglar la avería, pero este motor eléctrico es un puzle para
mí. ¿Podríais darme alguna solución?».
Nada. No sé para que escribo a la Central porque nunca contestan. Creo que de autónomo me iría mucho mejor.
Para colmo, he ido a caer junto a la cabaña de una vieja solitaria que lleva ya un buen rato gritándome cosas sin sentido:
—¡Antón! ¡Vamos, rapaciño, deja ya la decauve, que la vas a malograr! Y entra aquí, que hace moito calor.
A mí me lo va a contar, señora, ¡me suda hasta la barba! ¡Maldita suerte! Apenas me quedaba un mísero regalo para poder irme a casa cuando Rudolph ha decidido zigzaguear. Los demás lo han seguido, una cadena se ha enredado en la turbina y… ¡zas!, el modernísimo motor nuevo ha dicho basta. ¡Puto reno sindicalista! Lo ha hecho aposta, seguro. Y encima querrá cobrar las horas extra.
—¡Antón! ¿Antón, no me oíste? ¡Demonio de zagal! ¡Vamos, meniño, entra ya a comer!
No sé si reírme o llorar. Jamás, en todos estos siglos, habría imaginado una situación así. Uxía, buscaba a una niña llamada Uxía Ribeiro Páez, cuyo domicilio, a priori, estaba en alguna de las aldeas que salpican esta sierra. Ya me había hecho mis planes: dejar el paquete junto al árbol, buscar una farmacia de guardia, tomarme un Lorazepam y un Lexatín y, aprovechando que el trineo dispone (supuestamente) de modo automático, hacer todo el viaje de vuelta dormido. Sin embargo, aquí estoy: dolorido, estresado, sudoroso, y soportando las miradas de un grupo de renos amotinados y los gritos de una mujer con demencia senil.
Aunque, a decir verdad, sea lo que sea lo que ha cocinado, huele de muerte. Igual… debería hacerle caso.
Alacercarme,veocomosusojillosderatónseabrendeparen par:
—¡Ay, Antoniño, mi vida, qué mala cara me traes —me dice, mientras intenta abarcar mi cuerpo con sus nervudos brazos—. Anda, date un baño y cómete pronto el caldo de berzas, que frío no vale nada.
«Día: el
mismo. Hora: 17:50. Temperatura: 21º. Localización: la misma. Por lo que veo no
me habéis leído. Estoy mejor de las lumbares, pero aún no he arreglado la
avería. Cuando os parezca me decís algo».
Por primera vez en años he dormido sin necesidad de drogarme. ¡Vaya siesta! La mujer me ha servido un caldo espectacular, un chuletón de ternera que ocupaba media mesa y de postre una naranja y un licor de hierbas. Nada más terminar he caído redondo sobre una mecedora de mimbre, y me he despertado a las dos horas sin rastro de lumbago. Ahora mismo estamos los dos frente a la ventana, viendo cómo el sol se esconde tras las cimas veteadas por bosques milenarios. La viejecilla lleva una hora contándome historias sobre lo que supuestamente hicimos cuando yo era pequeño, y me ha reñido varias veces por no haber venido a verla en todos estos años. Lo sé, sé que debería decirle que no soy su hijo Antón, y de paso preguntarle si conoce el paradero de una tal Uxía RibeiroPáez.Pero lo cierto es que me da pena interrumpirla. Su voz es cantarina y agradable, y sus manos arrugadas se mueven de un modo hipnótico mientras me habla de una cabra llamada Blanquita, de aquel año en que los caracoles se comieron las lechugas, y de lo mucho que me gustaba ir al río a tirar piedras.
Los renos también parecen más calmados. Están pastando a la sombra y se ve que la hierba fresca les gusta más que el pienso del Mercadona. En un rato saldré a hablar con ellos, y de paso le echaré un ojo al motor.
«Día: 12 de
enero. Hora: 7:30 a.m. Temperatura: 9º (la ola de calor se pasó hace días).
Este será mi último mensaje. Buscaros a otro. La avería era irreparable.
Además, los renos se han escapado. Adiós».
A decir verdad, los renos no se han escapado. Hace una semana los solté yo. Primero me miraron extrañados y luego comenzaron a correr alegremente hasta perderse entre castaños, robles y brezos. Poco después, cotilleando entre las cosas de la vieja, descubrí que su hijo Antón murió hace años y que, en realidad, ella es Uxía Ribeiro Páez. ¡Acabáramos!
En cuanto lo confirmé, fui al trineo a por su regalo y lo abrimos entre los dos. Era un modernísimo robot de cocina. ¡Ay Antón, menos mal que estás aquí!, me dijo, porque yo estos cacharros…Creo que somos como dos almas gemelas. Me explico: mi edad equivale a la de un humano cuarentón, pero llevo años sintiéndome un viejo. Un viejo estresado y quejica. Creía que echaba de menos los inviernos de antes, las chimeneas de antes, pero en realidad me echaba de menos a mí mismo. Y esta mujer, Uxía… creo que no está tandemente. Tan solo se aferraaese otro mundo, el que hay dentro de su cabeza. Y... de algún modo, ambos hemos encontrado lo que buscábamos.
Ahora mismo me está llamando. Ha madrugado para dar de comer a las gallinas, y vamos a ir a recoger boletus y castañas. Después bajaremos al río a pescar y a tirar piedras. Asíque voy a ponerme las botas de Antón que, al igual que el resto de su ropa, me quedan como un guante.


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