Los pájaros.
Llegan al atardecer, cuando toso. Esto nunca te lo cuento (me tomarías por lo que soy: una vieja loca), pero el sonido ronco y feo de mi tos es lo que las atrae, estoy segura. Es como si se mezclasen dos películas: la de Tarzán y esa otra, la de Hitchcock. Aparecen en grupitos y se van reuniendo, poco a poco, en el tejado. Allí las oigo elaborar su plan; un plan maquiavélico. Después baja una, se coloca en el alfeizar y, mirándome con esos ojos robóticos, me dice: tenemos que irnos, despídete . Yo me enfrento, me rebelo y, como puedo, las azuzo para que se larguen. Pero enseguida viene otra y otra y otra… Y todas me dicen lo mismo. A mí todo eso me agota, hija mía. Intento que no me afecte, pero abandono mis tareas y me escondo en la habitación, a oscuras, a esperar a que se me pase la tos. Porque sé que, hasta que no dejo de toser, no se van. Por fortuna, cada mañana llegas tú. Ahora has cogido esa maravil...






